Nací y crecí en una familia estructurada, con hermanos, papá y mamá. La historia de mi vida en poco se diferenciaba de la de mis amigos.  He cometido errores, como todas las personas, pero soy humano y muchas cosas las he aprendido con los golpes que la vida puede dar.

Un evento desafortunado  me llevó a tomar malas decisiones. Todo empezó un día, cuando perdí la cordura y me dieron una pastilla tranquilizante que me hizo dormir durante 10 horas.  Al día siguiente, hice una cita con un psiquiatra de Houston, y lo visité en compañía de mi papá.  Todo cambió drásticamente desde que entré ahí. La cita iba con normalidad hasta que me pidieron una hematología completa. Era prudente verificar qué medicinas estaba tomando, antes de proceder con una limpieza y cambio de medicamento.  Cuando el médico obtuvo los resultados de la hematología, pidió permiso para hablar únicamente con mi papá. Fueron momentos de mucha ansiedad para mí.  Al salir, mi papá caminó hacia donde yo estaba;  podía ver en su cara su preocupación.

El doctor me dijo: “He visto su hematología y creemos que tiene un problema renal. Lo enviaré con un nefrólogo en el hospital metodista” (marzo de 2010). Me refirieron con el Dr. Oliveros, y él  me pidió dos ultrasonidos en los riñones. Tras estudiarlos, me dijo: “¡¡Si usted no se hace un trasplante de riñón en el siguiente año, usted se muere!!” Esta noticia fue muy dura para mí. En enero de 2010, yo había terminado el maratón de Disney de 42 kilómetros; era una persona claramente sana. Teníamos un historial familiar con los transplantes, y la suerte no había sido tan constante.  Mi tío Fernando Paiz  se recuperó exitosamente de un transplante de hígado, pero mi tío Luis Paiz†, murió en sala de operaciones durante un transplante de ese mismo órgano. ¡¡No sabía que hacer!! Salí de la clínica del Dr. Oliveros y encontré a mi papá solo en la sala. Lo vi y sentí el estrés… estaba tan  alterado que solo me senté y pensé: la vida se me va.

Junto con mi papá y uno de mis hermanos, regresé con el Doctor para obtener más información. Les aclaró lo que sucedía y decidimos tener una segunda opinión, por lo que acudimos a nuestro hospital de cabecera,  Tulane Medical Center en Nueva Orleans. En este hospital contamos con un registro familiar,  y somos conocidos como La Familia Paiz (me considero una persona muy afortunada).

En este momento yo tenía 30 años. Me creía Superman y no tenia un Seguro Médico que me cubriera. Todo este tratamiento lo pagó mi papá. Al llegar al hospital en Nueva Orleans, supimos que nuestro médico estaba ausente.  Era momento de esperar, pero afortunadamente el doctor Rajú llegó esa misma noche.

El doctor, en lugar de solicitar un ultrasonido, requirió un CTScan, un examen más exacto para este tipo de cosas. El resultado fue el mismo: NECESITABA UN TRASPLANTE DE RIÑÓN.  Con el examen, el doctor confirmó el diagnóstico y de una vez nos colocó en lista de espera para trasplante de riñón, en esa región.  En Estados Unidos se trabaja por regiones y hay una lista de espera por cada una. Ya en la lista, me regresé a Guatemala en espera de ser llamado.

Ya en Guatemala, me vi sin trabajo, sin una persona a mi lado. Contaba tantos eventos que me hicieron tomar malas decisiones, y la noticia de que necesitaba un trasplante lo empeoraba todo. Siempre he sido una persona con muy poca tolerancia y además muy enojado, así que decidí hablar mi papá.  Me sentía atacado por la vida; sentía que se me acaban las opciones.  La vida iba perdiendo sentido para mí … lo estaba perdiendo todo. Inesperadamente agarré el celular y empecé a escribir a mis hermanos y a mi papá… Eran mensajes de despedida.

Mario, mi hermano, llamó a mi psiquiatra, quien  se convirtió en mi Life Coach. Necesitaba ayuda para poner orden en mi vida, así que me mandaron a la clínica psiquiátrica Menninger, uno de los mejores hospitales en Estados Unidos.  No me querían recibir por mi problema renal, pero al final del papeleo me dejaron en esta clínica. Me confinaron a un lugar y espacio muy reducidos y pasé allí 10 semanas.

La forma de trabajo de la clínica Menninger es hacer una evaluación y dependiendo de tu perfil te refieren a una casa de tratamiento.  Me mandaron a PIC (Profesionals in Crisis). Realmente UNO NUNCA ESPERA LLEGAR A UN LUGAR ASÍ.   Sin embargo, hice muy buenos amigos. En este lugar, la terapia era principalmente grupal; todos nos contamos nuestra historia.  Uno cree que uno está mal, pero cuando descubre que todos la están pasando igual, no se siente tan raro en ese ambiente. Regresé a Guatemala después de 10 semanas, muy tranquilo y estable. Eran finales del 2010.

Cuando te encuentras en lista de espera para trasplante y hay un donador, siempre llaman a dos personas de la lista que tengan el mismo tipo de sangre. Si se es compatible con el riñón se lo dan al primero de la lista, pero puede que por cuestiones de anticuerpos (que cambian según el día) no haya compatibilidad, entonces el riñón es para el segundo candidato. Un día me llamaron de emergencia desde el centro médico de Tulane, donde me necesitaban inmediatamente.  No encontramos boletos de avión disponibles, así que lo único que pudimos hacer fue conseguir un avión privado. ¡¡Tenía una oportunidad de vida y no la podía desperdiciar!!   Los aviones para volar a Estados Unidos sin placa americana necesitan una o dos semanas de tramite, pero yo no tenía dos semanas.   Mi papá y yo nos fuimos.  Después de varios exámenes, el primero en la lista se quedó con el riñón. Tuve que regresar y esperar a ser el próximo.

No pensaba en regresar a trabajar, pero mi perfil laboral estaba en una de las empresas más importantes de auditoría y consultoría, por lo que fui contratado por una nueva compañía.  Me fatigaba muchísimo, pues una de las condiciones de esta enfermedad es que te cansas mucho.  Trabajaba muy duro en horarios cortos, pero a medio día no podía mas. Vivía muy cerca de mi trabajo, por lo que aprovechaba mi tiempo de almuerzo para dormir.  Mi rendimiento bajó muchísimo, y eventualmente el cansancio me hizo perder mi trabajo.

El 3 de agosto de 2011, me volvieron a llamar del hospital y de nuevo me colocaron como el segundo en lista.  Me fui de nuevo a Tulane con un viaje más planificado. En cuanto llegué, me hicieron hemodiálisis (pasé por esto sólo dos veces). Ya tenía el potasio muy alto y eso me podía causar un paro cardíaco en el quirófano. Después de 4 horas de hemodiálisis para prepararme por si el trasplante era mío, me toca volver a esperar.

Yo le tenía mucho miedo a la hemodiálisis, porque una vez la inicias no se puede parar.  El riesgo crecía, el miedo crecía, y el procedimiento era cada vez más duro.   La hemodiálisis requiere de dos máquinas. Mi papa me había comprado ambas máquinas para mi tratamiento, pero yo aún sentía mucho miedo. Fue uno de los temas más duros para mí y uno de los más platicados con mi psiquiatra. Él me recomendó que le pusiera nombres a las máquinas, como un paso para aceptarlas. Llamé a la pequeña R2-D2 y a la grande C-3PO.  Me debían hacer hemodiálisis todos los días, pues necesitaba 12 horas semanales como yo las quisiera distribuir.

La hemodiálisis, si no se hace con cuidado, puede lastimar mucho la vena, dejando marcas muy feas.   Después de la primera hemodiálisis, a las 4:00 a.m., me notifican que ¡¡ESE RIÑON ES MIO!!  Por un momento sentí un alivio, una esperanza, pero aun todo podía pasar.

Llamaron a mi familia y les notificaron de mi operación. Así que 2 de mis 3 hermanos y mi papá salieron para allá. Finalmente, entré a Sala de Operaciones. Fui el primer paciente que pegaron con Súper Glue, (no me pusieron puntos o grapas); eso hace que mi herida sea más pequeña y estética.  El 4 de Agosto de 2011 me realizaron con éxito el trasplante de riñón.   Todavía me hicieron una última hemodiálisis. No obstante, una de las cosas más impresionantes es que yo nunca tuve síntomas, salvo el sabor a amoníaco en la boca.

He sido un deportista, estudiante de Ingeniería Eléctrica, con una Maestría en la Universidad de Idaho y un MBA en el Instituto Empresa en España. Nunca tuve síntomas de mi enfermedad. Fui un niño travieso; siempre jugué de forma extrema.  (Una vez andando en bicicleta y por estar haciendo piruetas perdí el sentido; otra vez me tiré en una piscina y perdí parte de un diente.) Aunque fui un niño muy fuerte, un adolescente activo y adulto que se creía Superman, tuve momentos duros, propios y de mi familia. A pesar de todo esto, que NO me hacía diferente de otros, tuve necesidad de un trasplante de riñón. Mi condición renal no tuvo nada que ver con la forma en cómo llevé mi vida, pero si la cambió para siempre.

Mi vida me ha traído hasta aquí. Conozco cada paso de este proceso y sus los problemas cotidianos. Nunca dejé de ponerme metas, por lo que he logrado muchas cosas y aún tengo más que agradecer.  Sé que ésta no es la suerte de todos y  solo imagino lo que otros menos afortunados pueden sentir. Por eso estoy aquí y quiero ayudar con cuanto puedo. Tengo un trasplante de riñón desde hace dos años y sigo viviendo mi vida al máximo. No me he detenido y no me detendré.   Los invito a conocer este portal y apoyar mi causa.