En un oscurecido pasillo del Hospital San Juan de Dios, decenas de personas esperan su turno para una diálisis. Hombres y mujeres, niños y ancianos, todos son víctimas de la insuficiencia renal. La enfermedad no discrimina género, ni edad, ni etnia, ni estado social. Se ha convertido ya en la primera causa de consulta del Hospital General. Si bien se estima que, diariamente, los centros de salud reciben a diez guatemaltecos con este padecimiento, la cifra se eleva exponencialmente en este centro de salud pública. Al final del salón, dos máquinas esperan el procedimiento. Tras recibir una fístula arteriovenosa, el paciente pasará tres horas junto a la máquina, filtrando su sangre de residuos como potasio y urea, que los riñones, de estar sanos, podrían filtrar naturalmente. Cada paciente deberá volver hasta tres veces por semana para reanudar la diálisis. Minuto a minuto, la cola se extiende con personas que dejan de lado su familia y sus labores para preservar el bien más valioso: la salud.

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Para muchos de estos pacientes, la única salvación es un transplante de riñón, una donación voluntaria de este órgano vital por parte de un individuo relacionado, genéticamente compatible. En otra sección del hospital, un grupo de médicos y químicos biólogos trabajan por la salud de aquellos afortunados pacientes: los transplantados. Durante largas horas, se realizan exámenes de compatibilidad para determinar qué medicamentos y dosis de inmunosupresoras  necesitará cada persona.

El transplante es el recurso más codiciado de estos pacientes. Puede provenir de un individuo relacionado vivo o de un paciente fallecido (cadavérico). Muy pocas personas quieren, y menos pueden ofrecer un riñón a un paciente en necesidad. El proceso quirúrgico tiene sus riesgos inherentes, pero la carencia podría perjudicarlos si su salud decayera en el futuro. Muy pocas personas permiten que se donen órganos de sus parientes fallecidos, a pesar de la invaluable contribución para un enfermo.

Cuatro médicos dedican su tiempo y sus recursos para operar a aquellos afortunados que obtienen un órgano apto. Si ese rinón no puede procurarse, el paciente deberá pasar el resto de sus días esperando el siguiente proceso de diálisis. Su vida es un continuo esfuerzo por preservar su frágil estado, so pena de una enfermedad que agrave su situación o impida que se realice la diálisis.

Existen ciertos perfiles de riesgo para la contracción de esta grave enfermedad, como los pacientes con diabetes o hipertensión arterial. Recientemente, la enfermedad ha alcanzado un nivel epidémico, debido a la mala nutrición y pobre condición física de muchas personas. El cigarrillo también figura entre los culpables. Sin embargo, el diagnosis en individuos sanos, de cualquier edad, etnia y nivel social, permanece.

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